Psicólogos en Gijón.
Decía Sartre que “el infierno son los otros”. No le faltaba razón. Pero los otros son también el cielo. Es decir, la mayoría de las cosas más positivas y más negativas que nos pasan tienen que ver con los otros. Y difícilmente podría ser de otra manera siendo como somos seres intrínsecamente sociales. De hecho, una de las motivaciones humanas más profundas es la de afiliación que se define como “una tendencia humana básica que lleva a buscar la compañía de otras personas”, y cuya función principal consiste en garantizar la supervivencia tanto del individuo como de la especie.
No resulta extraño entonces que cuando alguien nos pregunta ¿Qué es lo que da significado a tu vida? o ¿Qué necesitas para ser feliz?, la mayoría de las personas mencionen antes que cualquier otra cosa, relaciones estrechas satisfactorias con los amigos, la familia o la pareja. Por otra parte, los efectos asociados a la posesión de buenas relaciones interpersonales son muchos, entre ellos, la felicidad, la salud mental e incluso la salud física. Ahora bien, en el centro de todo esto, está siempre presente con mayor o menor protagonismo, la atracción interpersonal: el plan del sábado resulta más atractivo cuando lo hacemos con quien nos agrada, nuestro matrimonio resultará menos feliz cuando disminuye la atracción hacia nuestra pareja, etc. Y es que la atracción entre las personas tal vez sea uno de los aspectos más relevantes de la interacción social, una variable que opera en muchas de nuestras relaciones interpersonales, regulándolas y dotándolas de sentido. Pero ¿qué es realmente la atracción interpersonal? Para Sangrador es la “tendencia o predisposición del individuo a evaluar más o menos positivamente a otro y acercarnos o alejarnos de él”. La Psicología Social, en un intento de tratar de identificar los factores que la determinan ha destacado los siguientes:
- La proximidad física: obviamente, las relaciones interpersonales se dan entre personas físicamente próximas. La proximidad fomenta tanto las buenas relaciones como las menos buenas. Incluso puede también fomentar la hostilidad. Se sabe que las personas tienden a elegir sus amistades entre quienes habitan o trabajan cerca de ellas. Varios estudios han mostrado que el simple hecho de que las personas vivan cerca unas de otras, o que por cualquier otro motivo mantengan frecuentes contactos por encontrarse en una situación de proximidad física, se correlaciona positivamente con la formación de una relación interpersonal de atracción entre las mismas.
- El atractivo físico: la importancia de un físico agradable en la interacción social ha sido demostrada hasta la saciedad en toda una serie de estudios en los que inequívocamente se concluye que la persona físicamente agradable produce mucha más atracción que aquella cuyo físico es menos agradable. Sin embargo, aunque el atractivo físico es un factor muy poderoso, no produce su efecto de forma aislada, sino que debe aparecer unido a otras cualidades. Por otra parte, estos rasgos “bellos” no lo son siempre ni lo son para todos, sino que dependen mucho de los gustos subjetivos, de las épocas, modas, culturas…
- Semejanza en actitudes y opiniones: Byrne llegó a la conclusión de que la atracción respecto de una persona que no conocemos estará en función de la proporción de opiniones semejantes que compartamos con ella, sea cual sea el contenido de las mismas. Encontrar en las opiniones de los demás un apoyo o validación de nuestras propias actitudes o creencias es suficiente para establecer una relación de simpatía.
- Complementariedad de necesidades: al principio de una posible relación, los individuos se dirigen a quienes ven similares a ellos en actitudes e intereses. Tal similitud permite explicar la mayoría de relaciones puramente amistosas, pero también predice relaciones más profundas. La elección de pareja se debe no a similitud sino a complementariedad de necesidades: la persona elegida sería aquella cuyas necesidades y rasgos básicos de personalidad fueran complementarios a los propios, lo que aseguraría una relación equilibrada y mutuamente recompensante.
A modo de conclusión y como señala José Luis Sangrador, la atracción entre dos personas se da cuando su interacción sea mutuamente recompensante, y lo será cuando aparte del influjo de la reciprocidad física y de ciertos rasgos deseables, haya entre ellos similitud de actitudes, complementariedad de necesidades y reciprocidad de sentimientos. Como vemos, los fenómenos de atracción interpersonal son mucho más complejos de lo que suele creerse y difícilmente reducibles a pocas variables o a simples explicaciones de un mero artículo, ya que estamos ante la expresión de la personalidad global del individuo en todas sus facetas.
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