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Dejar atrás el Síndrome Postvacacional

Psicólogos en Gijón

Hemos inaugurado el mes de Octubre, y por muy tarde que hayas cogido las vacaciones, es más que probable que todos vosotros ya os hayáis tenido que enfrentar a la vuelta al trabajo.

Al incorporarnos a nuestras obligaciones, ya sean laborales o académicas, seguro que más de uno ha sufrido algún episodio de estrés o ha padecido cambios de humor repentinos llegando incluso a encontrarse anímicamente triste. Es lo que vulgarmente se conoce como síndrome postvacacional, y aunque por supuesto no está aceptado como enfermedad, genera malestar evidente en aquellas personas que lo sufren.

Si eres de los que la padecen y  aún no termina de aceptar que las vacaciones se han terminado, te dejamos algunos consejos prácticas que te ayudarán a reengancharte a la rutina:

  • Generar pensamientos con connotaciones positivas

Una de las claves más importantes es cómo afrontemos la incorporación al trabajo.  Resulta fundamental no ver la vuelta a la oficina como un castigo y para ello podemos tratar de buscar pensamientos positivos asociados a ella como por ejemplo pensar que es el medio para conseguir tener unas próximas vacaciones igual o mejor que las pasadas.  Además, tampoco debemos olvidar que el trabajo aporta un sentimiento de identidad y utilidad a las personas. En palabras del filósofo Karl Marx “el trabajo dignifica al hombre”.

  • Busca una nueva actividad

Como si de un año nuevo se tratase, la vuelta al trabajo se puede vivir como el inicio de una etapa llena de nuevos propósitos o intenciones, por lo que es el momento idóneo para hacer aquello que uno desee. Iniciar una rutina de ejercicio, aprender un idioma extranjero, pintar, tocar un instrumento, hacer fotografías…. cualquier actividad que podamos integrar en la rutina semanal es buena, siempre que nos aporte ilusión. Ese pequeño espacio semanal reservado a aquello que a uno le gusta es una forma de no tener que esperar a que lleguen ni las vacaciones ni el fin de semana para disfrutar de nuestro tiempo.

  • Fíjate un objetivo concreto.

Ya sea laboral o personal. Fíjate metas concretas que te motiven, siempre conectadas a la realidad, asequibles y a corto plazo, para evitar la frustración.

  • Prohibido pensar en pasado

De nada sirve ocupar nuestra mente con recuerdos de las vacaciones o con algunas opciones que ya no son factibles.  Evita caer en errores comunes como tener de fondo de pantalla en el ordenador la imagen de alguna de las playas o destinos en los que hayas estado.

  • Cuídate durmiendo y comiendo bien.

Respetar los tiempos de descanso en este periodo de readaptación a la rutina, así como la alimentación y el sueño son clave indispensable para una vuelta saludable al trabajo. No hace falta ponerse a dieta, tan solo procurar comer sano, y dormir las horas reglamentarias. Así podremos minimizar el cansancio físico derivado del día a día y conseguiremos adaptarnos más pronto que tarde al ritmo laboral.

Bullying ¿Cómo actuar?

Psicólogos en Gijón

Los niños y los jóvenes desarrollan y establecen una red compleja de relaciones en los entornos en los que interactúan; estos son el familiar, el social y el escolar. Estas relaciones son positivas si contribuyen a que crezcan como personas y se hagan cada vez más fuertes, pero cuando en ellas ocurren situaciones de violencia que llevan al aislamiento, a la soledad y al temor, las posibilidades de crecimiento cambian.

En los últimos años padres y profesores han dirigido su preocupación a la violencia escolar. Y es que existen diferentes maneras de intimidar o de agredir en el colegio. No sólo se trata de las peleas; también hay violencia cuando se crean rumores o comentarios que atentan contra la dignidad de alguien, cuando se excluye del grupo o se hacen gestos para apartar a una persona y eso la lleva a alejarse y no sentirse bien en el colegio; cuando los niños o jóvenes usan herramientas de Internet como, Facebook, Instagram u otros para publicar mensajes denigrantes, chismes etc.

Cada vez es más frecuente encontrarse  en las aulas casos de bulying. Normalmente este tipo de acoso se empieza a ver en los cursos de primaria, pero es ya en la etapa infantil cuando debe comenzar la prevención. La intervención por parte de los padres en un caso de acoso escolar es crucial, sin embargo se requiere de la participación de los profesionales de la educación para abordarlo.

¿Cómo podemos detectarlo?

Es habitual que las víctimas sufran tanto miedo o vergüenza que no se atrevan a contarlo en casa. Podemos observar ciertas pautas que pueden ser las señales de que algo no marcha bien:

  • No quiere ir al colegio y finge enfermedades o malestar para evitar ir a clase.
  • Siempre sale el último del colegio y espera para hacerlo solo. Ha cambiado sus rutas habituales de casa a la escuela y viceversa.
  • Se le nota triste, no habla mucho y tiene cambios de humor. Puede mostrar ira o rabia de forma repentina.
  • Tiene pesadillas, pérdida de apetito o náuseas y está nervioso constantemente.
  • Su rendimiento académico ha disminuido considerablemente sin ninguna razón aparente.

¿Cómo podemos enfrentarlo?

En el caso de que los padres sospechen que su hijo es una víctima de bullying es sumamente importante establecer un canal de comunicación y de confianza para que el niño se sienta cómodo al hablar, sin olvidarse de mantener la calma y demostrar determinación y positivismo. Hay que ponerse en contacto con el profesor del colegio y con la dirección para alertar al centro de lo que ocurre y pedir su cooperación para solucionarlo. En muchos de los casos es necesaria la intervención de un psicólogo que participe activamente en el proceso.

Trastorno de la eliminación: Enuresis.

Psicólogos en Gijón.

Si su hijo es mayor de 5 años y moja la cama durante el sueño, no desespere. La enuresis es un problema que afecta a un elevado número de niños y adolescentes. La mayoría de casos se solucionan con un tratamiento adecuado y en un periodo razonable de tiempo.

Definiendo el concepto, hablamos de enuresis para referirnos a la emisión involuntaria de orina durante el día o la noche, a una edad en la que se espera que haya control al respecto, es decir, más allá de los 3 o 4 años. Podemos hablar de dos tipos de enuresis: primaria, si el niño nunca ha conseguido controlar su micción, y/o  secundaria, si después de un período de control no consigue volver a él. A su vez,  distinguimos entre enuresis diurna, si ocurre durante el día, nocturna si ocurre durante la noche, y mixta si tiene lugar en ambos momentos del día.

La maduración del sistema nervioso es condición indispensable para que pueda lograrse dicho control, y aunque las edades son orientativas, en líneas generales podemos establecer los 18 meses como  un momento evolutivo en el que el niño puede anticipar la sensación de pipí y/o decir que está mojado. Sobre los 2 años aproximadamente  se inicia el control, primero de día, y algo más tarde de noche hasta hablar de logro alrededor de los 4.

Hay una serie de factores que pueden predisponer al niño a padecer este trastorno:

  • Una vejiga pequeña o de musculatura débil. La primera causa a descartar.
  • Iniciar demasiado tarde el hábito del control del esfínter.
  • Circunstancias críticas emocionales (factor psicológico): Nacimiento de un nuevo hermanito, separación de los padres, cambio de casa o de colegio.
  • Factor hereditario: Es frecuente que alguien de la familia haya tenido el mismo problema. Si es así, es conveniente explicárselo al niño para darle seguridad.
  • Un ciclo del sueño muy profundo que le impide recibir el aviso de «vejiga llena».
  • Padecer algún otro trastorno al que la enuresis va asociado.

El niño que padece el trastorno enurético puede  manifiestar efectos emocionales como:

  • Vergüenza.
  • Problemas interpersonales (con amigos o hermanos).
  • Baja autoestima.
  • Irritabilidad.
  • Preocupación persistente.

El tratamiento de primera elección es conductual, trabajando pricipalmente sobre los factores inmediatos que mantienen la conducta.  El método más utilizado que además cuenta con la tasa de éxito más alta de todos los tratamientos existentes (75-80%) es la alarma urinaria (pipi-stop) de Mowrer (1978). Consiste básicamente en un circuito que hace sonar un timbre cuando el niño comienza a orinarse. Se recomienda utilizarla junto al ”sobreaprendizaje” haciendo consumir al Niño 1/4 litro de agua antes de acostarse varias noches y conectando la alarma de manera intermitente (días si y días no).

Como acompañamiento de la técnica se recomienda a los padres seguir una serie de pautas:

  • Estimulándolos para que vayan al baño antes de acostarse.
  • Elogiándolos las mañanas que amanecen secos.
  • Evitándoles los castigos.

En algunos casos , el problema de la enuresis no puede ser resuelto ni por los padres, ni por el médico de familia, ni por el pediatra. A veces el niño muestra síntomas de problemas emocionales, tales como la tristeza o irritabilidad, cambios en el apetito o en los hábitos de dormir. En estos casos los padres deben hablar con un psicólogo, quien podrá evaluar los problemas que puedan estar causando la enuresis y ayudar al niño y a sus padres a resolverlos.

El porqué de la atracción interpersonal.

Psicólogos en Gijón.

Decía Sartre que “el infierno son los otros”. No le faltaba razón. Pero los otros son también el cielo. Es decir, la mayoría de las cosas más positivas y más negativas que nos pasan tienen que ver con los otros. Y difícilmente podría ser de otra manera siendo como somos seres intrínsecamente sociales. De hecho, una de las motivaciones humanas más profundas  es la de afiliación que se define como “una tendencia humana básica que lleva a buscar la compañía de otras personas”, y cuya función principal consiste en garantizar la supervivencia tanto del individuo como de la especie.

No resulta extraño entonces que cuando alguien nos pregunta ¿Qué es lo que da significado a tu vida? o ¿Qué necesitas para ser feliz?, la mayoría de las personas mencionen antes que cualquier otra cosa, relaciones estrechas satisfactorias con los amigos, la familia o la pareja.  Por otra parte, los efectos asociados a la posesión de buenas relaciones interpersonales son muchos, entre ellos, la felicidad, la salud mental e incluso la salud física. Ahora bien, en el centro de todo esto, está siempre presente con mayor o menor protagonismo, la atracción interpersonal: el plan del sábado resulta más atractivo cuando lo hacemos con quien nos agrada, nuestro matrimonio resultará menos feliz cuando disminuye la atracción hacia nuestra pareja, etc.  Y es que la atracción entre las personas tal vez sea uno de los aspectos más relevantes de la interacción social, una variable que opera en muchas de nuestras relaciones interpersonales, regulándolas y dotándolas de sentido.  Pero ¿qué es realmente la atracción interpersonal? Para Sangrador es la “tendencia o predisposición del individuo a evaluar más o menos positivamente a otro y acercarnos o alejarnos de él”. La Psicología Social, en un intento de tratar de identificar los factores que la determinan  ha destacado los siguientes:

  • La proximidad física: obviamente, las relaciones interpersonales se dan entre personas físicamente próximas. La proximidad fomenta tanto las buenas relaciones como las menos buenas. Incluso puede también fomentar la hostilidad. Se sabe que las personas tienden a elegir sus amistades entre quienes habitan o trabajan cerca de ellas. Varios estudios han mostrado que el simple hecho de que las personas vivan cerca unas de otras, o que por cualquier otro motivo mantengan frecuentes contactos por encontrarse en una situación de proximidad física, se correlaciona positivamente con la formación de una relación interpersonal de atracción entre las mismas.
  • El atractivo físico: la importancia de un físico agradable en la interacción social ha sido demostrada hasta la saciedad en toda una serie de estudios en los que inequívocamente se concluye que la persona físicamente agradable produce mucha más atracción que aquella cuyo físico es menos agradable. Sin embargo, aunque el atractivo físico es un factor muy poderoso, no produce su efecto de forma aislada, sino que debe aparecer unido a otras cualidades. Por otra parte, estos rasgos “bellos” no lo son siempre ni lo son para todos, sino que dependen mucho de los gustos subjetivos, de las épocas, modas, culturas…
  • Semejanza en actitudes y opiniones: Byrne llegó a la conclusión de que la atracción respecto de una persona que no conocemos estará en función de la proporción de opiniones semejantes que compartamos con ella, sea cual sea el contenido de las mismas. Encontrar en las opiniones de los demás un apoyo o validación de nuestras propias actitudes o creencias es suficiente para establecer una relación de simpatía.
  • Complementariedad de necesidades: al principio de una posible relación, los individuos se dirigen a quienes ven similares a ellos en actitudes e intereses. Tal similitud permite explicar la mayoría de relaciones puramente amistosas, pero también predice relaciones más profundas. La elección de pareja se debe no a similitud sino a complementariedad de necesidades: la persona elegida sería aquella cuyas necesidades y rasgos básicos de personalidad fueran complementarios a los propios, lo que aseguraría una relación equilibrada y mutuamente recompensante.

A modo de conclusión y como señala José Luis Sangrador, la atracción entre dos personas se da cuando su interacción sea mutuamente recompensante, y lo será cuando aparte del influjo de la reciprocidad física y de ciertos rasgos deseables, haya entre ellos similitud de actitudes, complementariedad de necesidades y reciprocidad de sentimientos. Como vemos, los fenómenos de atracción interpersonal son mucho más complejos de lo que suele creerse y difícilmente reducibles a pocas variables o a simples explicaciones de un mero artículo, ya que estamos ante la expresión de la personalidad global del individuo en todas sus facetas.

Ni contigo, ni sin ti.

Psicólogos en Gijón.

Estamos en febrero, por excelencia, el mes del amor. Una simple ojeada al calendario es suficiente para que todos, o casi todos, caigamos en la cuenta de que el día 14 hay algo que conmemorar. Las personas, la sociedad en general, somos muy dadas a hacer este tipo de cosas.  Seleccionamos un día y lo marcamos como distintivo, con la intención de que sea él quien nos recuerde lo que en realidad nosotros no deberíamos olvidar.  Precisamente en la línea de hacernos recordar,  y a propósito de ese día, podemos utilizar febrero como un pretexto para hacer balance de nuestra relación de pareja, del significado del verbo amor y de la palabra amar.

La rutina, el día a día de una pareja y la cotidianidad son capaces de enmascarar temporalmente realidades que poco a poco afloran. Nunca es mala idea pararse y reflexionar: ¿Tenemos más discusiones que buenos momentos? ¿Nos separan más cosas de las que nos unen? ¿Sigue existiendo aquello que nos enamoró? ¿Cumple mi relación las expectativas que tengo de una vida en pareja? ¿Encaja esta persona en mi proyecto futuro? ¿Tengo la convicción de querer compartir con él/ella el resto de mis días? Contestando a estas preguntas, y a otras muchas que podemos hacernos, no es extraño generar en nosotros sensaciones de duda al caer en ciertas contradicciones; me gusta, pero no me llena; le quiero, pero no me hace feliz. Dudar, experimentar sensaciones de duda, es una característica intrínsecamente humana. Desgranando su significado, podríamos decir que la palabra duda expresa vacilación o falta de determinación ante varias posibilidades de elección o dicho más vulgarmente, dudar no es otra cosa que no estar seguro de aquello de lo que se duda. No necesariamente es algo malo, de hecho puede ser incluso todo lo contrario. Grandes avances o grandes cambios han surgido inicialmente de una mente que se atrevió a dudar, ejemplo de ello es Descartes y su duda metódica. Pero, ¿Y aplicado al amor? Seguramente dentro de este contexto, muchos de vosotros habréis oído alguna vez aquello de “si dudas es que no”. Son muchos los autores que se han pronunciado acerca de esto; Khalil Gibran afirmaba en su sabiduría: “El amor y la duda jamás se han llevado bien” o más directo y a la cabeza “si dudas de que le quieres, no le quieres”.

Las parejas tienen su propio ciclo vital, evolucionan y pasan por diferentes etapas, al igual que los individuos que la integran. Cuando comienza una relación somos uno, no hay resquicios ni diferencias. En esta etapa simbiótica nadie quiere romper el globo rosa. Todo nos parece bien. Después surgen, inevitablemente, las primeras decepciones; el otro no es tan alma gemela, lo bajamos del pedestal y él nos baja a nosotros. Se acabó el mundo rosa. Para las parejas sólidas, éste es un proceso gradual, donde se valoran las diferencias y las similitudes, se redescubre el gusto por los espacios propios y se aprende a negociar y pactar. Las parejas ni contigo ni sin ti, se atascan en este punto.

Muchas veces nos cuesta admitir que nos hemos equivocado, nos cuesta aceptar que eso que tenemos delante de los ojos no es aquello con lo que algún día soñamos. Puede que haya muchas cosas que nos mantengan apegados a la relación, puede que existan incluso vínculos que no nos atrevemos a romper, pero ¿de qué sirve vivir eternamente con la esperanza de que esa persona se convierta en lo que nosotros queremos que sea? Podemos autoengañarnos, podemos posponer la decisión a mañana, podemos esperar que de nuevo luzca el sol; claro que podemos y seguramente lo haremos, pero mientras tanto, mientras dudas, grábate a fuego una frase firmada por Buda: “tres cosas no pueden ser ocultadas por mucho tiempo: el sol, la luna y la verdad”.

Problemas con familiares: cómo afrontarlos.

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Personas egoístas, que solo piensan en sí mismas, que nos manipulan y juegan con nuestras emociones. Todos tenemos a alguien en nuestro entorno con estas características, un hecho que puede afectar notablemente a nuestra calidad de vida. Pero, ¿qué pasa cuando nos unen a ella lazos familiares? ¿Qué ocurre cuando esa persona es nuestra madre o nuestro hermano?

La familia es uno de los escenarios más comunes en los que se vienen a dar las relaciones tóxicas, siendo  esta situación más dura que en otros contextos porque no se pueden eludir. Es una obviedad que resulta más fácil poner punto y final a la relación con tu pareja o tu amigo que hacerlo con un familiar cercano. La familia nos viene impuesta y no podemos elegirla, lo que implica aceptar el hecho de que aunque somos personas independientes y plurales, hay ciertas normas a las que estamos sujetos debido a nuestro papel dentro del núcleo familiar.

En el Centro Psicológico Patricia Prendes, llevamos tiempo ayudando a las personas a tratar de solucionar estos problemas.  Por medio de la Terapia Familiar buscamos soluciones al conflicto, aumentando el respeto de cada miembro como individuo y  favoreciendo la compresión mutua, propiciando, si es necesario, apoyo emocional. Desarrollamos actividades de cohesión familiar y estrategias de comunicación eficaz, todas ellas encaminadas a mejorar el funcionamiento de la familia como grupo y el de cada miembro de manera individual.

Fruto de la experiencia, conocemos la importancia de poner en marcha unos principios que aunque parezcan obvios, no siempre los aplicamos. Hacer frente a conflictos familiares es un proceso duro y emocionalmente costoso, pero si  te sientes capaz de poder gestionar esta situación, aquí te dejamos algunas claves:

  1. Ponernos en el lugar del otro: empatía.

Esto no significa que nos sometamos a sus deseos y tengamos que ceder cuando no quereros hacerlo pero sí implica mantener una disposición a escuchar y considerar lo que nos tienen que decir. Es importante que nos preparemos para aceptar la posibilidad de no llegar a un acuerdo sobre lo que nos estamos pidiendo. En este caso, debe existir un pacto de respeto al desacuerdo para facilitar la convivencia. Esto es: tú quieres algo que no es compatible con lo que yo deseo, aceptémoslo y sigamos.

  1. Respetar la intimidad, el espacio y el tiempo de cada relación.

En este sentido debemos aceptar que el “No” sea la respuesta y conseguir tolerar la frustración. Se suele decir que donde hay confianza da asco pero esto es algo que no podemos permitir, el exceso de confianza y de intromisión da lugar a los mayores conflictos familiares conocidos.

  1. Ser respetuoso y mantener las formas.

A la hora de cuidar cualquier relación, es muy importante que no digamos lo primero que nos venga a la mente y que le pasemos el filtro de la educación y el respeto. Es probable que una gran parte de nosotros tenga un familiar cercano que se piensa que puede decir todo cuanto le venga a la mente y que sus percepciones y opiniones están por encima de cualquiera. Esto puede crear muchos conflictos por lo que es importante que tomemos distancia en las situaciones y pongamos límites de forma calmada, respondiendo que lo que dice está causando dolor emocional.

  1. Ser asertivos.

Es tan simple como manifestar un “no puedo”, un “no quiero”, un “no estoy de acuerdo”. Es importante sentirse seguro de uno mismo y hacer uso de nuestra capacidad de elección. Además, las palabras que menos puertas cierran son “por favor” y “gracias”. Aunque estemos en familia sigue siendo de gran importancia su uso. Expresamos consideración y amabilidad, pues mostramos respeto por el tiempo y el esfuerzo ante una petición o un favor.

  1. Ser pacientes.

Ser impaciente hace que seamos más impulsivos y, por tanto, tendemos a ser irreflexivos en nuestras decisiones. La capacidad de esperar y de pensar antes de actuar es uno de los principios más importantes que deben guiar nuestras relaciones, en especial las familiares. Puede ocurrir que no podamos solventar las dificultades que acompañan a una agotadora relación familiar tóxica, por lo que a veces se hace inevitable tomar una decisión y asumir consecuencias que pueden ser verdaderamente nefastas para el núcleo familiar. Ante todo, hay que mantener la cordura y valorar mucho la situación, teniendo en cuenta que tenemos un límite mental y físico que no conviene sobrepasar.

Afrontar la Navidad con una silla vacía

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El fallecimiento de un familiar o de un ser querido genera siempre un proceso traumático, que puede ser especialmente complicado en fechas señaladas, como las próximas fiestas navideñas.

La esencia de la Navidad se encuentra en la vida familiar, en el compartir de forma gestual el afecto que nos profesamos, y el gozo de poder estar juntos. Comemos los platos tradicionales, nos hacemos regalos, y organizamos actividades con los pequeños. Pero para aquellos en duelo todos estos momentos despiertan sentimientos de aflicción por la ausencia de la persona fallecida. Más que en ningún otro momento del año, la Navidad es una contradicción: él o ella no están, entonces ¿qué sentido tiene la celebración de estos días?

Desde la experiencia, en el Centro Psicológico Patricia Prendes de Gijón, sabemos que una de las formas más comunes de abordar este conflicto es tratar de suprimir las Navidades. Así, muchas personas desean meterse en la cama, dormirse y despertar en enero, intentando borrar estas fiestas del calendario. También hay otras que deciden hacer algo muy distinto, organizar un viaje a un lugar lejano, rodeados de desconocidos,  donde puedan hacer cosas totalmente diferentes a las habituales. Ambas alternativas proporcionan un alivio inmediato, pero llevan a postergar la recuperación, porque en algún momento tendremos que afrontar una primera Navidad sin ese ser querido y habrá un dolor acumulado.

Otra actitud que adoptan habitualmente las personas en duelo es la de «hacer un esfuerzo» para que el resto de la familia no sufra y todos puedan «sobrellevar» la Navidad.  Tratar de disimular, haciéndose los fuertes, aparentando una normalidad.  Esta máscara obliga a realizar un esfuerzo muy importante, que puede desembocar en la experimentación de mucha tensión y que se traducirá en agotamiento, irritación y ansiedad.

Sabemos que nada volverá a ser como antes pero tú y tu familia podéis empezar a afrontar la vida de una manera distinta. Podéis mantener lo que os ayude en este proceso, eliminar lo que os hace más daño y crear nuevas formas de vivir estas fiestas. ¿Cómo se consigue esto? Te damos unas sugerencias fruto de nuestro trabajos con familias que como tú, han perdido a un ser querido.

  • Haz una reunión familiar antes de que lleguen las fiestas. Sugerimos que participen tanto mayores, como adolescentes y niños. En este encuentro todos deben poder expresar qué sienten, qué necesitan, hablar de sus emociones y de sus deseos. Evidentemente no se podrá hacer todo lo que nos gustaría, habrá cosas que quedarán fuera de nuestro alcance porque aún no estaremos preparados.  Se trata de darnos el tiempo necesario, crear un espacio y unas condiciones que permitan a todos los miembros de la familia afrontar la pérdida de forma conjunta, sin negarla y expresando los sentimientos.
  • Buscar una manera simbólica de recordar a la persona fallecida a lo largo de las fiestas. Se puede utilizar un espacio concreto de la casa en el que colocar alguna fotografía del familiar, recuerdos o una vela. De esta forma se marca claramente un tiempo y un lugar donde poder vivir el dolor y al facilitar la expresión de los sentimientos, esto descargará tensión y nos permitirá disfrutar de otros momentos en familia.
  • Hablad de las cosas que haréis con los niños. Tenedlos en cuenta. Incorporar a los pequeños en todos los rituales de recuerdo. No podéis pasar las fiestas haciendo que nada ha sucedido, que la persona ausente no ha existido nunca o está de viaje.

A los seres humanos nos da miedo hablar de todo lo que es incómodo y nos provoca sufrimiento. Hoy sabemos que no expresar el dolor, lo que llamamos conductas de evitación en el duelo, acarrean consecuencias graves de salud física y mental. Están descritos problemas psicosomáticos, insomnio, trastorno de ansiedad y depresión, problemas de salud, mayor incidencia de cáncer y enfermedades coronarias.

Aunque resulte difícil, desde el Centro Psicológico Patricia Prendes de Gijón, recomendamos dentro de lo posible seguir estas pautas para que, a pesar de todo, podamos disfrutar de lo que tenemos sin olvidarnos de lo que nos falta dándonos a nosotros mismos y a los nuestros la posibilidad de reconstruir una nueva y feliz Navidad.

Importancia de las Habilidades Sociales en los niños

Psicólogos en Gijón.

¿Es tu hijo capaz de ponerse en el lugar de los otros? ¿Muestra interés en relacionarse con su grupo de iguales? ¿Expresa sus sentimientos? ¿Desarrolla procedimientos pacíficos de resolución de conflictos? Estas preguntas responden a situaciones cotidianas en la vida de cualquier persona, incluida la de los niños, y no estamos hablando de otra cosa que de habilidades sociales, un concepto que desde antiguo ha generado mucho interés en los profesionales de la atención infantil.

Las habilidades sociales consisten en un repertorio de comportamientos interpersonales complejos, verbales y no verbales, a través de los cuales los niños influyen en las respuestas de otros individuos; por ejemplo, compañeros, padres, hermanos, maestros, etc. y asimilan los papeles y las normas sociales. Cuando estas habilidades son apropiadas o “buenas”, la resultante es una mayor satisfacción personal e interpersonal, tanto a corto como a largo plazo y, entonces hablamos de niños asertivos. Cuando estas habilidades no son apropiadas hablamos de niños no asertivos, diferenciando entre niños con un comportamiento pasivo y niños con un comportamiento agresivo.

En líneas generales estas son las diferencias fundamentales entre los tres estilos de comportamiento que pueden presentar los menores:

  • Comportamiento asertivo: niños sinceros, positivos, no punitivos, justos, considerados, directos, no defensivos, sensibles y constructivos.
  • Comportamiento pasivo: pasan inadvertidos, son tímidos, vergonzosos, retraídos, reflejan una baja autoestima, un estilo de “personalidad poco fuerte”, de autodesprecio, y un bajo autoconcepto.
  • Comportamiento agresivo: Estos niños se muestran mandones, exigentes, egocéntricos, insensibles y crueles, manifestando indiferencia por los sentimientos de los demás. Presentan una actitud arrogante, manipuladora, intimidante, negativa, castigadora y en ocasiones ofensiva.

En nuestro Centro Psicológico Patricia Prendes de Gijón conocemos la importancia de una intervención temprana en los niños con deficiencias conductuales  como una forma de prevenir las consecuencias con las que se relacionan. Entre ellas, y la más habitual, la inadaptación escolar, ya que la aceptación de los compañeros y la popularidad parecen  jugar un papel importante en la socialización infantil. Las habilidades sociales  proporcionan a los niños un medio a través del cual pueden dar y recibir recompensas sociales positivas, que a su vez, conducen a un incremento de la implicación social, generando más interacciones positivas. Un déficit en habilidades sociales también se asocia a un mal rendimiento escolar, pudiendo tener importantes efectos en la atención positiva y el reforzamiento del profesor hacia el niño. El contacto ocular, el solicitar ayuda, el hacer cumplidos y el mostrar habilidades sociales afines incrementan la cantidad de reforzamiento social positivo recibido de sus profesores. Por último, también se ha observado en este perfil de niños una baja autoestima que repercute en su funcionamiento general.

En el Centro Psicológico Patricia Prendes de Gijón somos conscientes de que esta realidad se esconde detrás de muchos de los problemas planteados en consulta. Como forma eficaz de intervención, diseñamos programas de entrenamiento en Habilidades Sociales con técnicas adaptadas a las necesidades de cada caso. Trabajamos en consulta con ensayo y práctica, sin olvidarnos de la generalización a la vida cotidiana y teniendo muy presente que la competencia social en la infancia está relacionada con unos logros escolares superiores y con una adaptación interpersonal posterior en la vida.

¿Hasta donde hubieras llegado tú?

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Año 1963. Stanley Milgram, psicólogo norteamericano de la Universidad de Yale, quiso medir el nivel de obediencia de un sujeto ante una autoridad cuando sus órdenes le suponen un conflicto con su conciencia. Quiso comprobar hasta qué punto la influencia de dicha autoridad podía hacerle llevar a cabo acciones que su propia moral rechazaba.

Para el desarrollo del experimento  se hizo una captación de voluntarios a través de un cartel en las paradas de autobús de Florida a lo largo de la primavera de 1961. En él se hablaba de un “estudio de la memoria y el aprendizaje” que iba a tener lugar en Yale, ocultando la naturaleza real del mismo. Como la gran mayoría de experimentos, era remunerado: 4 dólares (equivalentes a unos 31.50 dólares de 2015) más dietas. Los participantes elegidos tenían entre 20 y 50 años, con niveles educativos variados y clases sociales diferentes.

Tres personas eran necesarias para la práctica de este experimento: Un experimentador, que ejerce como autoridad sobre la persona que se ha presentado voluntariamente. Un maestro, en esta caso los voluntarios, que deben realizar preguntas académicas al alumno y castigarle con descargas eléctricas dolorosas cada vez que falle una y por último, un alumno. Se trata de un actor, cómplice del investigador, que simulará dolor intenso con cada descarga recibida.

Al comienzo del experimento, y para aparentar una falsa naturalidad, se hace un sorteo amañado para determinar el rol de cada uno de los tres participantes. Los voluntarios captados son siempre “maestros”. Cuando empieza el experimento en una sala habilitada, el “alumno” es sentado y atado a una silla, y varios electrodos son colocados en su cuerpo. Para añadir más realismo, se le aplicaba una crema que evitaba las quemaduras. Al “maestro” se le comunica que las descargas eléctricas al alumno podrían llegar a ser muy dolorosas pero que nunca provocarían daños irreversibles.

Nada más empezar, el “alumno” recibía una descarga real de 45 voltios para que el “maestro” viese cómo todo era cierto y que la sensación de dolor era real. A continuación, se recitaban parejas de palabras que el alumno debía memorizar. Luego se leía sólo la primera y el alumno tenía que responder con la segunda. En caso de fallar, el maestro debía darle una descarga eléctrica de 15 voltios. Si volvía a fallar en otra pregunta, se aumentaba la siguiente descarga en otros 15 voltios. Así, hasta 30 niveles en total para llegar al máximo de 450 voltios.

Durante la mayor parte del experimento, muchos sujetos mostraron signos de tensión y angustia cuando escuchaban los alaridos en la habitación contigua que, aparentemente, eran provocados por las descargas eléctricas. Tres sujetos tuvieron “ataques largos e incontrolables” y si bien, la mayoría de los sujetos se sentían incómodos haciéndolo, los cuarenta sujetos obedecieron hasta los 300 voltios mientras que 25 de los 40 sujetos siguieron aplicando descargas hasta el nivel máximo de 450 voltios.

Esto revela que el 65% de los sujetos llegó hasta el final, incluso cuando en algunas grabaciones los alumnos se quejaba de tener problemas cardíacos.

A lo largo del experimento, y cuando el nivel de voltaje iba aumentando, algunos participantes pedían al experimentador marcharse. Cuando esto ocurría, éste, daba cuatro respuestas graduales: Continúe, por favor. Es necesario que continúe. Es completamente esencial que continúe. No tiene otra opción, debe continuar. Si tras la cuarta frase se negaba a seguir con el experimento, este se detenía.

Las conclusiones del experimento a las que llegó Milgram son las siguientes: Cuando el sujeto obedece los dictados de la autoridad, su conciencia deja de funcionar y se produce una abdicación de la responsabilidad. Los sujetos son más obedientes cuanto menos han contactado con la víctima y cuanto más lejos se hallan físicamente de ésta. A mayor proximidad con la autoridad, mayor obediencia. A mayor formación académica, menor intimidación produce la autoridad. Hombres y mujeres obedecen por igual. Las personas siempre tienen a justificar sus actos inexplicables.

Sus resultados demostraron que personas ordinarias, ante la orden de una figura con apenas un poco de autoridad, son capaces de actuar con crueldad. De esta manera la criminología ha logrado entender cómo algunos criminales que han cometido salvajes genocidios y ataques terroristas han desarrollado un nivel muy alto de obediencia a lo que ellos consideran autoridad.

Para aquellos que puedan pensarlo, lo voluntarios fueron evaluados psicológicamente y se descartó que tuvieran patología alguna. Este experimento ha marcado un antes y un después en la Psicología Social. Este experimento pone más que nunca en tela de juicio nuestra moralidad.

Volver a empezar: Síndrome del nido vacío

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Carolina estaba triste y, a la vez, contenta. Su hijo pequeño, Pablo, se había ido a vivir con su novia. Tenía 28 años y, aunque todavía no se dedicaba a lo que había estudiado, había conseguido trabajo en una tienda de ropa. Su novia, es monitora en un gimnasio. Con las dificultades que tienen los jóvenes para emanciparse, Carolina se alegraba por él. Pero ahora la casa estaba en silencio. Había tranquilidad, quizás demasiada. Carolina echaba de menos el sonido de la música, hacer la comida para alguien e incluso encontrar el baño desordenado.

Unos días antes de que se fuera, su marido y ella organizaron una fiesta de despedida a Pablo para desearle suerte en su nueva vida. La fiesta de despedida era una forma de mostrar a su hijo la confianza que tenía en él y  darle la oportunidad de irse de la casa familiar con alegría y sin culpa. Al terminar la fiesta y después de recoger, Carolina llora desesperadamente en la soledad de su habitación ante la simple idea de imaginarse como será mañana la vida sin él en casa.

Este texto refleja una situación por la que pasan una inmensa mayoría de las parejas. La salida de los hijos del hogar familiar, y con ella, la vuelta a reencontrarnos con nosotros mismos, con nuestras parejas, y con lo que éramos. En muchas de estas ocasiones, los padres, y en general las madres, se enfrentan a un conjunto de sentimientos negativos (tristeza, vacío, soledad, melancolía…) conocido como síndrome del “nido vacío”. Estas sensaciones son descritos por una gran parte de personas que acuden a nuestro Centro Patricia Prendes de Gijón para recibir apoyo psicológico que les ayude a afrontar esta nueva etapa. Con independencia de que cada proceso es individual y cada circunstancia única, estas son algunas claves que pueden ayudar a afrontarlo:

  • Normaliza tus emociones. Obtener información acerca del síndrome te ayudará a entenderlo mejor, evitando asustarte por las sensaciones que experimentes logrando así no psicopatologizar un hecho que, en un primer momento –echar de menos al ausente–, se considera absolutamente normal.
  • Tu rol de madre o padre continúa, con independencia de que tus hijos vivan o no en casa, por lo que, junto a ellos, busca otra manera de satisfacerlo que beneficie a ambas partes (por ejemplo colaborando con las necesidades que puedan tener en su nueva vida independiente, etcétera).
  • Busca nuevos roles o actividades en tu vida dedicando tiempo a eso que tanto te hubiera gustado hacer y has tenido que dejar de lado por el cuidado de la familia.
  • Visita a tus hijos con frecuencia y que ellos también te visiten a ti. Es bueno establecer momentos en los que la familia se reúna de forma periódica en el hogar. La frecuencia puede variar en función de las necesidades y costumbres, y de la distancia entre los domicilios. Recuerda que no es tan importante la cantidad como la calidad y el deseo de mantener estos encuentros.
  • Disfruta de tu relación de pareja si aún contáis con teneros el uno al otro, disfrutad de estos nuevos momentos de intimidad (podéis viajar, salir con otras personas de vuestra edad con las que compartáis aficiones, apuntaros a actividades en común, etcétera).
  • Mantén el contacto con tus hijos tanto como necesites, pero respetando también su independencia e intimidad.

La separación de los hijos será un acontecimiento feliz si se acepta el derecho que tienen a su libertad y la necesidad que nosotros tenemos de la nuestra. Los hijos serán libres si no dependen demasiado de nuestra opinión para decidir sobre sus opciones vitales; si sus creencias no son idénticas a las nuestras; si sus aspiraciones no reflejan exactamente lo que queríamos que fueran. Si sucede todo esto, podemos estar contentos porque entonces son seres humanos autónomos que piensan por su cuenta, que es lo que persigue una buena educación.

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